Instituto Archeros de Borgoña
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Las unidades de «émigrès» en España (1793-1796)
EN LA BATALLA de los Arapiles, el 2 de julio de 1812, la caballería portuguesa al mando del general inglés D'Urban que la había reorganizado completamente, había desempeñado un buen papel contra el experimentado ejército francés.
A pesar de contar con monturas de una calidad no muy buena y un entrenamiento y experiencia inferiores al de sus enemigos franceses y aliados ingleses, el resultado de la batalla y su destacada actuación había llenado a los jinetes lusos de orgullo y autoestima. Sin embargo, para su desgracia, el duro y correoso enemigo con el que se enfrentaban desde hacia cuatro largos años, distaba mucho de estar vencido y era aún muy peligroso, por lo que pronto iban a probar el amargo sabor del acero francés. 
LA MAÑANA del 7 de septiembre de 1812, las suaves colinas cercanas a la población rusa de Borodino estaban sembradas de cadáveres mutilados y destrozados, el humo de los incendios y los continuos disparos de la artillería nublaban la vista de los soldados, cuando se dio la orden de avanzar a unos soldados que vestían un uniforme marrón muy diferente del habitual azul del ejército francés, tocados con unos chacos de forma inusual. Venían del otro extremo de Europa, del país más alejado de Rusia, eran portugueses, y mientras sus compatriotas se batían contra las tropas de Napoleón, ellos a miles de kilómetros iban a dejarse la sangre y la vida por el emperador de Francia. Esta es su desconocida, alucinante y al final triste y desconocida historia.
REVISTA NAPOLEÓNICA ESPAÑOLA
EN EL AÑO 1807, tras la derrota de Prusia, Napoleón decretó que el ducado de Brunswick fuese suprimido e incorporado al reino títere de Westfalia. El duque Federico Guillermo, mariscal de campo del ejército prusiano, había sido herido mortalmente en la batalla de Auerstädt el 14 de octubre de 1806. Tras el desastre y la ocupación francesa, el nuevo duque buscó refugio en Austria, donde firmó un acuerdo con el emperador Francisco para establecer un cuerpo de tropas a su costa que estuviese listo para la lucha. 

Sus uniformes negros y sus calaveras de plata con dos huesos cruzados, así como su épica retirada en la campaña de 1809 a lo largo de Alemania para alcanzar el mar, los convirtió para siempre en una leyenda, que continuó en España, donde incorporados como una unidad autónoma dentro del Ejército Británico combatieron con distinción en una larga y épica historia que acabó en la batalla de Waterloo en 1815.
La «Banda Negra» y las tropas de Brunswick-Oels (1809-1814)
UNA ORDEN IMPERIAL del 1º de brumario del año XIV (1 de noviembre de 1805) disponía la creación de un regimiento de infantería que debía de formar el príncipe Carlos Federico Luis Mauricio de Isembourg, quien deseaba de esta forma demostrar su lealtad personal y la de su minúsculo estado en la recién nacida Confederación del Rin. El regimiento nació en Maguncia, formado por prisioneros de guerra austríacos y rusos de Ulm y algunos de Austerlitz, en su mayoría de la peor calaña imaginable, por lo que bien pronto el regimiento llegó a ser famoso por lo deplorable de sus componentes, y en los lugares por los que pasó quedó siempre el amargo recuerdo de sus rapiñas y depredaciones.  

Enviados a Francia, con el objeto de evitar o aminorar la deserción al alejar al regimiento de Alemania, el príncipe hizo un enorme esfuerzo para reclutar oficiales para su unidad, pero no parece que la competencia fuese uno de los principales méritos para entrar en ella, por lo que el resultado fue terrible.
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El Regimiento del Príncipe de Isembourg
El combate de Majadahonda y Las Rozas (1812)
La Legión Portuguesa 
(1808-1813)
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TRAS EL ESTALLIDO de la Revolución de 1789 más de un cuarto de millón de franceses abandonaron su patria y buscaron refugio en el extranjero, donde muchos de ellos comenzaron de inmediato a formar unidades militares con las que combatir al nuevo régimen. En España el proceso fue similar al ocurrido en Austria, Prusia o el Reino Unido y tras la declaración de guerra efectuada por la Convención el 7 de marzo de 1793 fueron muchos los que pronto estuvieron listos para tomar las armas contra el nuevo gobierno de su país. Desposeídos de su nacionalidad y bienes,  combatieron con enorme tesón y valor bajo la bandera de una nación que no era la suya y algunos de ellos sirvieron durante años a su nueva patria, en la que la mayoría se quedó para siempre.